Parution de « L’Inexpressif musical » aux éd. Encre marine

Image

 

 

La musique, disait Strawinsky, est inexpressive par essence. Elle n’exprime ni les idées ni les émotions humaines; elle n’exprime qu’elle-même. Le sens et la beauté de la musique sont essentiellement musicaux: ils se trouvent dans les arrangements des sons dans le temps; toute autre « signification » de la musique est extra-musicale, et par là non-musicale. Aussi ce sens et cette beauté sont-ils inhérents à l’objet musical, c’est-à-dire à un objet qui n’existe qu’au présent, dans la mobilité, l’instantané, l’éphémère. En cela la musique se rapproche de la vie et constitue ainsi un objet merveilleux permettant à l’homme de se réconcilier avec le temps, d’où ce pouvoir infaillible qu’elle a, lorsqu’on lui prête l’oreille, de susciter la joie.
De l’inexpressivité de la musique à l’inexpressivité du réel, et vice versa; de la joie musicale à la joie de vivre, et inversement.

Parution du « Discurso sobre la servidumbre voluntaria » de La Boétie, nouvelle traduction

Hueders éd. (Santiago du Chili) sort une nouvelle traduction de cet ouvrage indispensable.

“En esta ocasión, quisiera tan solo entender cómo se puede hacer que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten algunas veces a un solo tirano, que no tiene otro poder que el que ellos le otorgan; que no puede hacerles daño más que en la medida en que ellos lo soportan; y que no sabría hacerles mal alguno si no fuera porque ellos prefieren más sufrirlo que contradecirlo. Es gran cosa —y sin embargo tan común que es necesario dolerse más y sorprenderse menos— ver un millón de millones de hombres servir miserablemente, teniendo el cuello bajo el yugo, constreñidos no precisamente por una fuerza más grande, sino, de alguna manera, al parecer, encantados y fascinados por el solo nombre de uno, del cual no deben ni temer su poder, puesto que está solo, ni amar sus cualidades, puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje. Nuestra debilidad de hombres es tal que a menudo debemos obedecer a la fuerza que tenemos que contemporizar, no siempre podemos ser los más fuertes. Luego, si una nación es obligada por el ímpetu de la guerra a servir a uno, como la ciudad de Atenas de los treinta tiranos, no hay que sorprenderse de que sirva, sino lamentarse de tan terrible accidente; o más bien, ni sorprenderse ni lamentarse, sino llevar el mal pacientemente y reservarse a un futuro de mejor fortuna”.